Disculpad, señora sociedad civil, que os distraiga de vuestras múltiples ocupaciones y reiteradas angustias. Sólo os escribo para deciros que aquí estamos, que seguimos siendo nosotros, que la resistencia es todavía nuestra bandera y que todavía creemos en usted. Pase lo que pase, seguiremos creyendo. Por que la esperanza, señora de rostro difuso y nombre gigante, es ya en nosotros una adicción.
Vuestra excelencia sabrá ya que el horizonte se encapota de un gris que va apra negro con la misma celeridad que marcha la venta de nuestra historia y nuestro patrimonio.
Sin embargo, sabed que la libertad sigue estando ahí adelante, que sigue siendo necesario luchar y que la historia todavía espera quien le complete la páginas. Así las cosas y temiendo que no os veamos de nuevo, aceptad estas tres definiciones que vienen muy a pelo para días tan aciagos como los que nos esperan:
- LIBERTAD. Dice el Viejo Antonio que la libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes desvelan y caminan la noche para alcanzarla. A fin de cuentas somos los adictos al insomino que la historia desespera.
- LUCHA. Decía mi abuelo que la lucha es como un círculo. Se puede empezar en cualquier punto, pero nunca termina.
- HISTORIA. La historia no es más que garabatos que escriben los hombres y mujeres en el suelo del tiempo. El Poder escribe su garabato, lo alaba como escritura súblime y lo adora como verdad única. El mediocre se limita a leer los garabatos. El luchador se la pasa emborronando cuartillas. Los excluidos no saben escribir... todavía.
Aceptad, señora, estas tres flores. Las otras cuatro llegarán luego... si es que llegan.
Vale. Salud y recordad que la sabiduría consiste en el arte de descubrir por detrás del dolor, la esperanza.
14/06/2009
tres flores
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02/06/2009
La puerta estaba abierta.
La luz blanca salía del umbral. Esa luz pontente, fuerte, que impedía ver nada detrás, que te hacían entrecerrar los ojos, que te hacían cubrirtelos con la mano usándola de visera.
Nunca pensaste que lo conseguiría. Nunca pensaste que llegaría al cielo para robarte el sol. Para crear la oscuridad el día y llenar de luz nuestro cuarto.
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01/06/2009
3 post en un día... era por resarcirme
Le he dibujado una mula al ídem de Andulio (nombre ficticio que invento para que no reconozcas el real). El Andulio tiene 5 años y nació sin manos. Dos pequeños muñones le señalan el final de los brazos y el costo genético de décadas de miseria. Sin embargo, el Andulio se las ingenia para coger los lápices de colores entre los mñones y pinta los dibujos que le hago. Cada rato, viene a buscar un dibujo o a mostrar (con la secreta aspiración de una dulce recompensa) lo que ha coloreado. Ahora viene con la mula de regraso. El Andulio se ha empeñado en pintarle a la mula la cabeza de color azul.
-¿Acaso hay mulas azules?-, le digo
-Hay-, me rice retándome.
Cuando lo sirvieron a comer,los del pueblo dijeron: “Este cerdo sabe a pollo”
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fotogramas

Fotograma a fotograma. Todo transcurre con cada paso, un conjunto de luces y sombres. De acciones y omisiones. Un conjunto de sentimientos inconfesables y otro conjunto de sentimientos demasiadas veces confesados.
El fotograma de la palabra. El fotograma del silencio.
Grabados tenuemente en el archivo de mi memoria algunos ya están demasiado desgastados de tantas veces los vi. Adquieren ya ese tono sepia de las viejas fotografías en blanco negro. No deja de ser paradójico. En mi infancia las fotografías ya estaban coloreadas. Será añoranza por un pasado que no viví. Tal vez simple desgaste de la memoria.
Siempre hay fotogramas que destacan. Fotogramas que quiero recordar a todo color. Y otros fotogramas que sin poder quiero recortar para quemar el celuloide. Dejarlos escondidos en el rincón más oscuro del olvido. Pero nunca fui capaz de cerrar la tijera.
¿la gente siempre piensa las cosa que yo pienso? Tal vez sea el momento de ir al psicólogo. Mi vida es ese conjunto. Ese conjunto de vinvencias, de cosas. Algunas buenas, muchas malas. Y nunca supe lo que pasaba por dentro de vuestras cabezas. ¿Serán iguales que la mía? Tal vez sea solo imaginación mía la sensación de ser diferente. Tal vez debería decírmelo el psicólogo.
Llevo un tiempo pensando que esto es una transición. Y hoy tengo la sensación que mucho dura este purgatorio. Todos sabéis como fue mi vida. Pocos sabéis como es.
Si, tengo tendencia al ocultarme en las sombras para no dejarme ver. Pero también sabéis que a veces dejo descorrida la cortina. De acuerdo, la ventana suele estar cerrada. Pero a veces dejo mirar a través de ella.
¿Todo se reduce a eso? Mirando los fotogramas a veces pienso que si. Un cúmulo de sentimientos. ¿sólo somos eso? ¿un conjunto de sentimientos? Veo mi vida. Si, vale, iba a decirlo “amor, odio”, pero también hay alguno más. No lo reduzcamos solo a esos dos. Aunque a veces lo llenan todo. Incluso en su propia ausencia los tienes (o tengo) presentes.
Ahora te preguntarás ¿A dónde voy a llegar con todo este “razonamiento”? A ningún lado (por una vez una respuesta clara). No es esa mi intención. No es más que puro deseo por desahogarme. De plasmar una serie de palabras uniéndolas en oraciones.
Quiero pensar en el futuro. Imaginar. Tal vez tratando de avanzar el presento a una serie de deseos que no sé hasta que punto se harán realidad. Ya, no es una película. En la vida los deseos no se hacen realidad.
Pero nunca desee nada descabellado.
Jamás.
Y aún así, aún deseando ese futuro que sea instantáneo, soy incapaz de encontrarlo. De alcanzarlo. Quizás me falten un par de centímetros.
Tal vez cuando llegue ese futuro (si llegara) este presente que será pasado aparezca en esos fotogramas. ¿de que tipo serán? ¿serán de aquellos que quiero recortar y quemar? ¿serán de aquellos que quiero recordar a todo color? O... ¿serán simplemente de aquellos que pasan desapercibidos en la memoria?
Ya veremos mañana.
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de los dioses

- Cuéntame un cuento, mago....
entonces le recorrí con mis labios ese fino hilo de humedad que mojaba su pómulo. Y secuestrando por un instante ese dedo, el pequeño, el meñique, se lo mordisqueé suavemente y relamiendo propuse:
- te cambio el dedo por un cuento que una vez me contaron en una isla - como en las mil y una noches pensé. Cambiar otro cuento por otro nuevo día de vida.
- ¿termina bien? - estoy salvado, pensé. Si durara....
- ya verás
- si no termina bien, no lo cuentes...
- ¿conoces a Babalú? ¿y a Olofi? Olofi es el dios más importante de todos. Hizo el mundo con sus manos. Y también hizo a Babalú. El negro guapo y fuerte que gusta a todas las mujeres. Dios le dijo “puedes hacer el amor siempre que se te ocurra” Y Babalú se puso muy contento. Pero también le dijo “cualquier día menos los lunes. Los lunes, nada”. Evidentemente, Babalú le desobedeció muy pronto y Dios se puso furioso. Para castigarlo, lo condenó a la lepra. Aislaron a Babalú y Dios le dijo: “lo mereces.” Y el pobre Babalú se quejaba y Dios no escuchaba, y a Babalú se le iba callendo el cuerpo en pedazos....
- Ese cuento no me gusta. No sigas...
- ¿Por qué?
- Soy una tonta.
- No, no. Ya verás. Porque entonces llegó Ochún al Reino de Olofi. Ochún ¿la conoces? ¿No? Es la diosa de la sensualidad y las aguas dulces. Es una diosa chiquita de pelo negro y ondulado, largo como tú. Usa un vestido amarillo, como el tuyo, y le gusta comer fruta, como a ti. También le gusta tocar el timbal y tomar cerveza y ron y comer cualquier cosa (siempre que está borracha).
- Prohibido, como hoy
- ¿qué?
- que hoy es lunes... ¿no te habías dado cuenta?
Tuve que reírme. Ella también lo hice. Creo que en ese instante ambos nos sentimos mejor.
- Entonces, Ochún llegó al Reino de Olofi para salvar a Babalú de la lepra. Ella bailo durante toda la noche en torno a la casa de Dios, y mientras bailaba iba regando los alrededores de la casa de Dios con los jugos de su cuerpo. Cuando Dios salió, muy temprano por la mañana, probó aquella miel y le gustó muchísimo. Tan sabrosos son los jugos de Ochún. Dios lamió el suelo hasta que no quedó ni una gota. Y quiso más, y más. ¿Quién ha traído esta miel tan deliciosa? “Esa miel es mía”, le dijo Ochún. Y le dijo que si quería seguir comiéndola, tenía que perdonar a Babalú. Dios se negó. De ninguna manera, dijo. Él ha sido castigado porque me desobedeció. Y Ochún le dijo: “Babalú ha sido castigado por lo mucho que le gustaban estas mieles de mujer. Y ahora tú, Dios, tú también quieres más miel. Tu también deseas seguir comiendo esta miel.” Y entonces Dios comprendió todo. Creo que fue la única vez que comprendió todo. Babalú se curó de la lepra pero quedó obligado a llevar todos los días la carreta de los muertos hasta el cementerio. Cualquiera que vaya al amanecer puede verle cargando el carretón.
- Ochún ha de tener muchos poderes – dice ella.
- Todos los poderes. No hay ninguna mujer que....
- ¿Ella es tu amiga?
- Mucho más que eso. Cuando el dios Olofi creó a los demás dioses, les dio a cada uno un lápiz de carbón, con una goma de borrar atrás, para escribir por un lado y borrar por el otro. El lápiz que le dio a Ochún estaba incompleto. Era el único lápiz que estaba incompleto. Lo que ella escribe, no lo puede borrar. Aunque quiera. Lo que ella hace, no se puede olvidar. Nunca se puede olvidar. O que ella hace, se hace para siempre.
Se escuchan las toses del motor de un viejo automóvil, que se detiene junto a la puerta de la casa.
- Te vas a ir, ahora.
y yo digo
- Me voy a ir, ahora.
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18/05/2009
porque sos pueblo te quiero
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17/05/2009
hojas
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11/05/2009
adoquines
Hoy continué la busqueda. Levanté adoquines, no con la esperanza de encontrar la playa, sino más bien con la de encontrar un tesoro. Y después de varias horas ni playa ni tesoro.
Eran duros como piedras. Vale, eran piedras. Cuadradas, desgatadas por le paso de las personas, de los coches, los perros, los gatos, los niños. Y también algún que otro invertebrado. Y sin encontrar el tesoro luego pensé que tal vez ese tesoro eran los adoquines. Quizás si me hubiera parado a descifrarlos hubiera encontrado algo.
Pero ya no sé donde los dejé.
Y además, sé de sobra que los adoquines no son tesoros.
Sé de sobra que los adoquines no son más que piedras formando un camino... ¿y si el tesoro fuera el camino?... no, no llevaba a ninguna parte. Era un círculo un círculo tras otro.
Tal vez no existiera ningún tesoro. Tal vez no haya nada. ¿Un corazón seco? ¿un hígado sangrante?
Cuando era niño mi madre me obligaba a comer hígado. Creo que por eso me hice vegetariano.
Puede que no viera el tesoro. Puede que sea ciego. Pero ahora estoy viendo estas palabras que escribo. ¿Las veo? O puede simplemente que fuera noche profunda y las farolas estuvieran apagadas. Y en esta ciudad no hay estrellas. Sin estrellas... como va a haber un tesoro.
¿Cuántos adoquines habrá que levantar? A lo mejor fueron demasiado pocos. O a lo mejor formé un dibujo quitándolos al azar (y no, no olía a azahar).
O con tantos miles de pies y pezuñas atronando los adoquines rompieron el tesoro con un terremoto perpetuo.
Pero algo tiene que haber debajo, algo tuve que encontrar.
Sé que después de tanto lío finalmente te preguntarás que fue. Bueno, probablemente no, pero ya me encargo yo de que te hagas esa pregunta.
Pero sabes tan bien como yo la simpleza de la respuesta. Yo ya te di dos pistas, ni playa ni tesoro.
Para comprobar el resto... levanta los adoquines y mira.
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15/09/2008
21/05/2008
abandonado
Cúmulos se acumulaban en el cielo nocturno, cirros que bloqueaban la luz de la luna en esa ciudad que jamás se veía iluminada por la luz de las estrellas. Nubes que descargaban una tenue llovizna, apenas perceptible pero que iba empapando poco a poco mi ropa. Que empapaba el suelo por el que iba dejando mis huellas tambaleantes.
Parándome en cada esquina para mirar al otro lado, y una vez la torcía, miraba hacia atrás, miraba la calle iluminada por las farolas. Como esas gotas de lluvia caían ensuciando la luz de esas mismas farolas. Y volvía la vista al frente mirando la siguiente esquina, dejando nuevas huellas.
Mi boca pastosa trataba de hablarme de recordarme, pero mi lengua envenenada por los gin-tonic que acababa de tomar no pronunciaba más que ruidos incoherentes en mi cerebro, mientras mi paso seguía indeciso, sin destino, sin saber donde.
Hacía unos minutos que abandonaba la taberna. Una vieja tasca donde pasaba las últimas noches. Como en esas películas donde un señor se apoya en la barra sentado en un taburete mientras bebe hasta la última gota. Quizás ha sido tras ver demasiadas de esas películas pero decidí abandonarme a esa suerte de moribundo. Ya no recuerdo los versos. Esas noches acaban con mi memoria y mis palabras. Pero no son capaces de impedir que mi corazón siga latiendo.
Probablemente ese sea el objetivo.
Las nubes siguen en el cielo de la entrada madrugada. La lluvia sigue cayendo y yo me encuentro ante el portal, un portal con una puerta, con una cerradura que se ve golpeada mil veces por mi llave empujada por mi mano hasta que finalmente logro atinar y puedo abrirla. Sonrío satisfecho por mi victoria, apoyándome en la puerta abierta. Cruzo el portal tropezándome en las secas escaleras que se humedecen a mi paso. Y mientras subo los peldaños voy quitándome el abrigo para llegar a la puerta de mi casa. Ante ella me detengo. La miro. Esta vez me cuesta menos encontrar la llave, la cerradura. Tan solo dos o tres intentos. Y al atravesarla dejo caer ese abrigo sobre el suelo del recibidor para dirigirme como cayéndome desde la puerta hasta el sofá. Y evidentemente caigo en él, monjándolo también, sin tan siquiera descalzarme.
Una noche más, otra como tantas. Mañana me dolerá la cabeza, el cuerpo. Pero la noche será la misma. Tal vez no llueva, tal vez si, pero abandonado como encuentro no tengo otra alternativa.
Cruzar la calle, las calles para encontrarme de nuevo en aquella taberna.
Cierro los ojos intentando dormir, intentando olvidar. Intentando morir de nuevo.
Y al hacerlo en cierta medida se aclara la cabeza. Al hacerlo empiezo a recordarme. A recordar un tiempo en que el todo era distinto. En el que las noches no las pasaba abandonándome en una taberna, en las que me dirigía a esta misma casa con paso firme. En las que no me tambaleaba antes de entrar.
Pero aquello fue otra historia.
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19/05/2008
abismos
Un día sentí como se abrió la tierra bajo mis pies, como caí lentamente a un pozo sin fondo. A un abismo. Y viendo como sobresalían de las paredes de las cavernas varios asideros traté de agarrarme a ellos. Y mucho me arañé las manos. Y mucho se rompieron los asideros. Y yo seguí cayendo. Dando vueltas, viendo como todo se volvía más oscura, como la luz cada vez se apagaba más en la lejanía de la altura o mi profundidad.
Pero sabiendo que mi voluntad (a veces) es fuerte, desafío a la ley de la gravedad parándome en vilo de vez en cuando sin necesidad de asideros. Flotando cabeza abajo (o cabeza arriba) en mitad de esa oscuridad. Planteándome porqué tuve que golpear con mis talones el suelo para desgarrar la tierra. Planteándome porque tengo que estar cayendo. Pero de repente otra duda invade mi cabeza ¿Por qué detenerme? ¿Tendrá fondo en realidad el abismo? ¿O pasaré mi cayendo? ¿Qué me impide comprobarlo?
Entonces, tan voluntariamente como empecé, decido seguir cayendo. Lanzándome con los ojos cerrados, lamentándome de un destino que tristemente elegí.
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02/05/2008
no hay título posible
querer no es querer que el otro sea como quieres.
querer es querer que el otro sea como es.
inÚndame
INVáDEME
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29/04/2008
para todos aquellos que tienen ombligo
Si, para vosotros, los que tenéis ombligo, los que nacisteis del vientre de una madre, los que nacisteis fruto de flujos y fricciones. Para todos vosotros.
Para vosotros que no os hicieron del barro unas manos.
Para vosotros que no fuisteis creados por dios o por los dioses.
Para vosotros que nacisteis del amor y la lujuria.
Del PECADO
Vosotros que tendréis hijos con ombligo, hijos frutos de noches sudorosas.
Hijos de mujeres
hijos de hombres
Que veis en la lejanía a esa Eva sin ombligo. A ese Adán sin ombligo. Que al verse sin él quiso ser diosa. Quiso ser dios.
Y por querer no pudieron.
Y por querer los castigaron.
Entonces nosotras o nosotros que por querer somos, aquí estamos. Miramos. Amamos.
Nosotr@s que nada tenemos que ver con eso con ellos.
Somos carne, carnes. Gemidos y placeres. Luchas noctambulas o diurnas (eso va en cada uno). El más mortal de los pecados nos hizo mortales con ombligo. Nuestro don nuestra virtud que convirtieron en pecado.
En dolor
en sufrimiento.
Pero ahora de nuevo vemos que no es eso
no es pecado
no es dolor
no es sufrimiento.
Por eso ahora los sin ombligos regresemos, volvamos. Rindámonos a los dones que nos dieron nuestras madres. Al placer. Al gozo y al disfrute de la vida y nuestros cuerpos.
Al placer permitido por nosotros.
Porque nadie más tiene la autoridad.
Porque NOSOTR@S
somos l@s dios@s
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28/04/2008
aleteando

Un lento aleteo.
Suave tintineaba en su espalda.
Un lento aleteo.
Unas alas emplumadas la empujaban más allá del cielo.
Más cerca del horizonte que no fuimos capaces de alcanzar.
Las alas crecían donde se juntan los hombros. Unas alas de ese perfecto blanco que sólo las ángeles tienen. De esa blancura brillante que solo la nieve recién caída tiene. Esa nieve que tan poco tarda en ensuciarse. Crecían y caían. Se extendían a sus lados cuando creía volar acunado en sus brazos.
Y volé.
Volé transportado.
Escuchando
ese lento aleteo.
Como el viento cortaba las alas
Como las nubes eran partidas por nuestros cuerpos.
Como las alas cortaban el viento.
Pero antes de llegar al horizonte...
tuvimos que aterrizar.
Sus músculos estaban cansados. Su brazos sosteniendo mi peso. Sus alas sosteniendo ambos. El viento dejó de soplar.
Y dejé de escuchar
ese lento aleteo.
Dormí y dormí. Yo solito decidí hacerlo. Nadie me empujó, nadie me obligo. Y cuando abrí los ojos como abrí el corazón, lo vi vacío. Vi solitario el lecho. Encontré solo una figura en el espejo.
Miré al cielo.
Tan solo las nubes
la luna
y alguna que otra estrella.
Pero decidí no lamentarme de un vacío que no sentía, porque me sentí crecer en mi soledad.
La vida está plagada de decisiones intrascendentales.
Y ésta que pude tomar no creo que sea trascendental.
Simplemente decidí
dejar de escuchar
ese lento aleteo.
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16/04/2008
despierta
Hay momentos en la vida que necesitas huir. Momentos en lo que todo te da vueltas, te mareas, sientes esa nausea. Y tratando de apoyarte en esta silla o en esa mesa ves como estas se vuelven traslucidas, incorporales. No encuentras sostén y ves como tu cuerpo se estrella contra el suelo. Y a veces en esas caídas golpeas tu cabeza. Sientes entonces como se cierran tus ojos, como todo deja de tener sentido, como dejas de ver y caes en esa inconsciencia, en ese sopor. En ese sueño del que no quieres despertar... o no puedes. Ves como los acontecimientos van navegando por tus párpados. Y sientes que quieres seguir tumbado. Qué quieres que el coma sea eterno.
Pasan y pasan los días. Lentos, dolorosos. Mientras sigues tumbado, inactivo. Alguien trató de levantarte para tumbarte sobre la cama. Pero el cuerpo es demasiado pesado, y prefiere seguir tumbado en el suelo. Sintiendo esa losa fría sobre la que se apoya tu pecho. No hay remedio no hay cura para ti. Para mí.
Sueñas y vuelas con alas en tus talones. Queriendo vivir un sueño. Y cuando sueñas eres feliz en ese sopor inconsciente. Pero a veces no sueñas. Entonces quieres vivir el sueño. Pero la vida no se trata de eso. La vida es bien distinta. No quieres abrir los ojos. No puedes. No puedo.
Las mañanas, las tardes, las noches. Los días, las semanas y los meses. Todos se confunden. Todo es igual en el sueño. Confundes la primavera con el otoño, el verano con el invierno. Sin quererlo sigues vivo y los relojes dan vueltas. Siguen dando vueltas.
Entonces, cuando el polvo ya empieza a acumularse sobre tu cuerpo inmóvil. Cuando sientes menos esperanzas, menos pasiones. Cuando menos te los esperas y sin saber muy bien por qué, decides abrir los ojos y despertar.
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